- ¿Nunca te has preguntado por qué ocurren las cosas? El por qué un día estás en una ciudad, con tu familia, con una rutina, con tus amigos, y al día siguiente decides cambiar tu rumbo e irte a vivir a otro lugar. El por qué quisiste cambiar, qué fue lo que te hizo cambiar. -me giré en redondo. No sabía muy bien por qué un desconocido se había sentado a mi lado en el banco del parque y había comenzado a hablarme como si me conociese de toda la vida. Estaba confundida, incluso asustada, pero no podía dejar de mirar a aquel joven, con la cara oculta por un capucha observando detenidamente el suelo. Mi razón me decía, más bien me gritaba, que me levantase de ahí y me fuese, pero algo me retenía, quizás sus palabras, quizás su simple presencia.
- Disculpa, ¿te conozco? -pregunté lo que una persona normal preguntaría en mi situación.
- No -su respuesta fue simple y directa, tanto que un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Luego todo fue silencio.
Desvié mi mirada, de repente el suelo me parecía muy interesante. Guardé el libro que había comenzado a leer antes de su breve comentario y decidí que era hora de irse. Hice el intento de incorporarme pero una fuerte mano me sujetó la muñeca con ¿delicadeza? Ese contacto me hizo reaccionar, tenía que marcharme de allí, no le conocía, podía ser un loco.
- No has contestado a mi pregunta -dijo con voz pausada, no parecía para nada alterado, al contrario que yo. No sabía que hacer, decidí contestar y después irme.
- Sí me he preguntado por qué ocurren las cosas, pero nunca he encontrado una buena respuesta a esa pregunta -dije y después respiré hondo.
- Es que no la hay. Pero, ¿por qué decidiste cambiar? ¿qué te hizo hacerlo? -esta vez me preguntaba directamente sobre mí. ¿Cómo sabía él que yo había cambiado? ¿que había dejado todo atrás? Él me conocía, estaba completamente segura de eso.
- Fue necesario, para mí, para todos. Quería ser mejor persona, ser feliz. Allí no lo era, así que tuve que irme. -contesté. No entendía muy bien por qué le estaba siguiendo el juego, por qué estaba contestando a sus preguntas, por qué seguía ahí.
- ¿Lo echas de menos? -no había especificado, pero yo sabía, dentro de mí, a qué se refería.
- Mucho, muchísimo. Pero no hay vuelta atrás, tomé una decisión y no me arrepiento. -dirigí mi mirada de nuevo a él. Parecía tenso, con las piernas algo abiertas, las manos reposando en ellas y la cabeza gacha, impidiéndome ver su cara. Con un movimiento rápido se levantó y empezó a andar, alejándose del banco, de mí. Al principio me quedé quieta, viendo como se iba, pero tras ese instante de confusión, me incorporé y corrí hasta alcanzarle.
- ¡Espera! ¿Quién eres? -pregunté con voz agitada a la vez que le alcanzaba. Él no se volvió a mirarme, simplemente se paró. Me puse a su lado, esperando una respuesta. Cogió mi mano, me acarició con suavidad la palma y después la soltó, como si le quemase el contacto.
- Soy el tonto que dejaste allí, el que ya no forma parte de tu nueva y perfecta vida. Adiós pequeña -con eso echó a correr, desapareciendo de mi campo de visión. Me quedé congelada. En realidad esa voz, esa manera de hablar, ese tacto, era él. Yo lo sabía, desde el principio, pero no quise admitirlo. No lo hice hasta que él mismo me lo había dicho. Y le había perdido, de nuevo.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Sin palabras
Sin palabras. No consigo decir nada, me he quedado tan asombrada con lo que he escuchado que, a pesar de mis ganas de hablar, no me sale la voz. Miro a mi alrededor y hay gente llorando, otros con la boca abierta, otros con los ojos excesivamente abiertos, pero nadie habla. Creo que todos los que estamos en la sala nos hemos quedado en estado de shock.
El hombre sigue en la tarima, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas moviendo los dedos deprisa. No levanta la vista, se centra en el parqué de madera sobre el que se encuentran sus pies. Sus zapatos comienzan a vibrar lentamente como consecuencia del inquieto movimiento que ahora se aprecia en casi todo su cuerpo. Está temblando.
Nadie se mueve de sus asientos, todos siguen con el mismo gesto de pena o de sorpresa. No se dan cuenta de cómo se encuentra el hombre que ha tenido el valor de ponerse frente a cien personas, entre ellos periodistas, a contar su historia.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al notar que ese valiente, ese héroe a mi parecer, está a punto de tener un ataque de ansiedad. Y si lo llega a tener es mi culpa, culpa de todos los presentes, por nuestra desconsideración, por no brindarle nuestro apoyo a pesar de que seguramente todos queremos dárselo.
Me levanto tambaleándome, me coloco la falda y con paso firme me dirijo a la tarima. Noto las miradas de todas las personas en mi espalda, pero hago caso omiso. Subo con cuidado de no caerme los tres escalones y doy los pasos que me quedan hasta llegar a él, el protagonista de una de las historias más emotivas y reales que jamás he escuchado.
Suspiro al estar tan cerca de él, eso parece llamar su atención pues levanta levemente la mirada, logrando que mis ojos encuentren los suyos muy cerca. Me pierdo en esos ojos marrones y profundos que tantísimas cosas han tenido que ver.
Dejándome llevar por un impulso, sin hacer caso a mi razón, me pongo de puntillas y le abrazo suavemente. Su cuerpo se tensa al notar el contacto, y me empiezo a arrepentir de mi descaro. Hago el intento de separarme, pero entonces él reacciona y pasa sus manos por mi cintura, apretándome contra él. Yo suspiro de nuevo al sentir su dolor y me estremezco cuando noto que está sollozando en el hueco de mi cuello. Le abrazo aún más fuerte y acaricio con dulzura su pelo. No le había visto nunca, pero después de estas dos horas parece que siempre ha formado parte de mi vida.
Sin soltarme se seca rápidamente las lágrimas y se acerca a mi oído donde me susurra un gracias que me llega al corazón. Me muevo un poco para poder mirarle a los ojos y le cojo las manos. Él me mira interrogante, yo sonrío, me sonrojo y respondo un gracias a tí consiguiendo que un inicio de sonrisa aparezca en su cara.
Los presentes, en ese instante, estallan en aplausos. Al fin reaccionan. Me giro con intención de bajar y unirme a la gente, pero una fuerte mano me lo impide. -Por favor, quédate conmigo- me dice lo suficientemente bajo como para que solo yo pueda oírle. Asiento y en ese preciso momento me doy cuenta de que desde ahora ya nunca podría separarme de él.
El hombre sigue en la tarima, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas moviendo los dedos deprisa. No levanta la vista, se centra en el parqué de madera sobre el que se encuentran sus pies. Sus zapatos comienzan a vibrar lentamente como consecuencia del inquieto movimiento que ahora se aprecia en casi todo su cuerpo. Está temblando.
Nadie se mueve de sus asientos, todos siguen con el mismo gesto de pena o de sorpresa. No se dan cuenta de cómo se encuentra el hombre que ha tenido el valor de ponerse frente a cien personas, entre ellos periodistas, a contar su historia.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al notar que ese valiente, ese héroe a mi parecer, está a punto de tener un ataque de ansiedad. Y si lo llega a tener es mi culpa, culpa de todos los presentes, por nuestra desconsideración, por no brindarle nuestro apoyo a pesar de que seguramente todos queremos dárselo.
Me levanto tambaleándome, me coloco la falda y con paso firme me dirijo a la tarima. Noto las miradas de todas las personas en mi espalda, pero hago caso omiso. Subo con cuidado de no caerme los tres escalones y doy los pasos que me quedan hasta llegar a él, el protagonista de una de las historias más emotivas y reales que jamás he escuchado.
Suspiro al estar tan cerca de él, eso parece llamar su atención pues levanta levemente la mirada, logrando que mis ojos encuentren los suyos muy cerca. Me pierdo en esos ojos marrones y profundos que tantísimas cosas han tenido que ver.
Dejándome llevar por un impulso, sin hacer caso a mi razón, me pongo de puntillas y le abrazo suavemente. Su cuerpo se tensa al notar el contacto, y me empiezo a arrepentir de mi descaro. Hago el intento de separarme, pero entonces él reacciona y pasa sus manos por mi cintura, apretándome contra él. Yo suspiro de nuevo al sentir su dolor y me estremezco cuando noto que está sollozando en el hueco de mi cuello. Le abrazo aún más fuerte y acaricio con dulzura su pelo. No le había visto nunca, pero después de estas dos horas parece que siempre ha formado parte de mi vida.
Sin soltarme se seca rápidamente las lágrimas y se acerca a mi oído donde me susurra un gracias que me llega al corazón. Me muevo un poco para poder mirarle a los ojos y le cojo las manos. Él me mira interrogante, yo sonrío, me sonrojo y respondo un gracias a tí consiguiendo que un inicio de sonrisa aparezca en su cara.
Los presentes, en ese instante, estallan en aplausos. Al fin reaccionan. Me giro con intención de bajar y unirme a la gente, pero una fuerte mano me lo impide. -Por favor, quédate conmigo- me dice lo suficientemente bajo como para que solo yo pueda oírle. Asiento y en ese preciso momento me doy cuenta de que desde ahora ya nunca podría separarme de él.
domingo, 15 de septiembre de 2013
Saluditos
Ya intenté una vez hacer algo que me gustaba y exponerlo en internet, pero no lo conseguí porque no tenía tiempo para dedicarme a ello. Pero esta vez es diferente, me lo he propuesto y lo llevaré a cabo. Aquí escribiré todo lo que se me ocurra, relatos, principios de novelas, poesías, cuentos... Soy una aficionada a escritora y espero que os guste lo que invento.
Besitos
Iris:)
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