miércoles, 25 de septiembre de 2013

Desconocido

- ¿Nunca te has preguntado por qué ocurren las cosas? El por qué un día estás en una ciudad, con tu familia, con una rutina, con tus amigos, y al día siguiente decides cambiar tu rumbo e irte a vivir a otro lugar. El por qué quisiste cambiar, qué fue lo que te hizo cambiar. -me giré en redondo. No sabía muy bien por qué un desconocido se había sentado a mi lado en el banco del parque y había comenzado a hablarme como si me conociese de toda la vida. Estaba confundida, incluso asustada, pero no podía dejar de mirar a aquel joven, con la cara oculta por un capucha observando detenidamente el suelo. Mi razón me decía, más bien me gritaba, que me levantase de ahí y me fuese, pero algo me retenía, quizás sus palabras, quizás su simple presencia.

- Disculpa, ¿te conozco? -pregunté lo que una persona normal preguntaría en mi situación.

- No -su respuesta fue simple y directa, tanto que un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo. Luego todo fue silencio.

Desvié mi mirada, de repente el suelo me parecía muy interesante. Guardé el libro que había comenzado a leer antes de su breve comentario y decidí que era hora de irse. Hice el intento de incorporarme pero una fuerte mano me sujetó la muñeca con ¿delicadeza? Ese contacto me hizo reaccionar, tenía que marcharme de allí, no le conocía, podía ser un loco.

- No has contestado a mi pregunta -dijo con voz pausada, no parecía para nada alterado, al contrario que yo. No sabía que hacer, decidí contestar y después irme.

- Sí me he preguntado por qué ocurren las cosas, pero nunca he encontrado una buena respuesta a esa pregunta -dije y después respiré hondo.

- Es que no la hay. Pero, ¿por qué decidiste cambiar? ¿qué te hizo hacerlo? -esta vez me preguntaba directamente sobre mí. ¿Cómo sabía él que yo había cambiado? ¿que había dejado todo atrás? Él me conocía, estaba completamente segura de eso.

- Fue necesario, para mí, para todos. Quería ser mejor persona, ser feliz. Allí no lo era, así que tuve que irme. -contesté. No entendía muy bien por qué le estaba siguiendo el juego, por qué estaba contestando a sus preguntas, por qué seguía ahí.

- ¿Lo echas de menos? -no había especificado, pero yo sabía, dentro de mí, a qué se refería.

- Mucho, muchísimo. Pero no hay vuelta atrás, tomé una decisión y no me arrepiento. -dirigí mi mirada de nuevo a él. Parecía tenso, con las piernas algo abiertas, las manos reposando en ellas y la cabeza gacha, impidiéndome ver su cara. Con un movimiento rápido se levantó y empezó a andar, alejándose del banco, de mí. Al principio me quedé quieta, viendo como se iba, pero tras ese instante de confusión, me incorporé y corrí hasta alcanzarle.

- ¡Espera! ¿Quién eres? -pregunté con voz agitada a la vez que le alcanzaba. Él no se volvió a mirarme, simplemente se paró. Me puse a su lado, esperando una respuesta. Cogió mi mano, me acarició con suavidad la palma y después la soltó, como si le quemase el contacto.

- Soy el tonto que dejaste allí, el que ya no forma parte de tu nueva y perfecta vida. Adiós pequeña -con eso echó a correr, desapareciendo de mi campo de visión. Me quedé congelada. En realidad esa voz, esa manera de hablar, ese tacto, era él. Yo lo sabía, desde el principio, pero no quise admitirlo. No lo hice hasta que él mismo me lo había dicho. Y le había perdido, de nuevo.

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