Respira, vamos respira.
Tú puedes, eres fuerte, eres valiente, estás viva. Respira.
Esas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza, para hacerme reaccionar, para hacerme volver a ser yo.
No había sido fácil, ni siquiera un poquito, pero ahí estaba, hecha un ovillo en la cama mirando la luz de la luna que entraba por la ventana, preguntándome una y otra vez por qué.
Respira. No dejes que te gane, no dejes que pueda contigo.
Me dolía el pecho, me costaba pensar, ser racional, solo quería dormir, dormir y olvidar, olvidarlo todo.
Oí la puerta principal abrirse y me tapé con la sábana hasta la cabeza, no quería que me viese así, no quería verle, no podía, no era el momento.
Respira.
Sus pasos cada vez se acercaban más, sabía que quería hablarme, qué quería decirme, pero no estaba preparada para escucharlo, no podría soportarlo.
Respira.
Entró en mi habitación, pero no encendió la luz. Cogió una silla y se sentó junto a mi cama, en silencio. Suspiró. No paraba de mover la pierna, lo sabía porque la tenía apoyada en el somier y notaba el leve temblor que provocaba. Estaba nervioso, siempre movía la pierna cuando estaba nervioso. Me bajé la sábana despacio, para mirarle, necesitaba hacerlo, no podía sentirle mal y no hacer nada.
Respira, por ti, por él, por los dos.
Me miró fijamente, estaba decaído, agotado. Intentó sonreír, pero en contrapartida un par de lágrimas corrieron por sus mejillas. Se las quité con delicadeza y él me cogió la mano. Unos minutos antes no quería verle, pero en ese momento no podía siquiera evitar sus ojos. Un lo siento salió de sus labios temblorosos en un susurro y en ese instante le perdoné, porque no podía vivir sin él.
Yo siempre supe lo que había y lo que no había, a lo que me enfrentaba y a lo que no, pero aún sabiéndolo había sufrido, no había podido evitar el dolor. Se volvía a ir, volvía a dejarme ahí, sola, pensando en él cada día, a cada segundo. Esa vez solo se había quedado un mes, yo tenía la esperanza de que no tuviese que irse de nuevo, pero había llegado el día, otra vez.
Tenía tan reciente su llegada que mi cuerpo no reaccionaba a perderle de nuevo, no quería una despedida, quería un para siempre que durase todos los días. Quería compartirlo todo sin un ordenador de por medio, le quería a él a mi lado. Sabía que los niños le necesitaban, que el mundo le necesitaba, no podía enfadarme con él, era una persona increíble con un trabajo increíble, no podía reclamarle nada en absoluto.
Nos miramos fijamente a los ojos, él besó mi frente y me colocó en su regazo, en un abrazo que bien podía ser eterno. Mi mente volvió en sí.
Respira, me dije a mí misma. Y eso hice, respiré hondo, besé su barbilla, me acerqué a su oído y entonces hablé.
"Respiremos juntos, siempre, esta vez no estaré sola, esta vez me voy contigo"
Iris:)
Historias sin un Érase una vez...
jueves, 4 de febrero de 2016
martes, 12 de enero de 2016
Piloto automático.
No sabía cómo reaccionar, me sentía tan sumamente derrotada que no podía ni moverme. Tenía el cuerpo paralizado y la mente trabajando sin cesar, intentando encontrar una explicación a lo que había sucedido. Alrededor todo seguía igual que antes, la gente reía, bebía, bailaba, nadie se había dado cuenta, solamente yo.
Una chica del grupo con el que había llegado, se me acercó y me preguntó qué me ocurría, debía ser que pese a la oscuridad del pub donde nos encontrábamos, en mi cara estaba reflejado el dolor tan agudo que sentía por dentro. En ese momento y casi por instinto, mi cuerpo reaccionó como un piloto automático, un nada y una sonrisa falsa aparecieron en mi cara, era mi defensa, para que nadie me viese sufrir, para no delatarme.
Miré al frente y lo vi de nuevo, el fruto de mis pesadillas estaba ahí, a pocos metros de dónde me encontraba, bebiendo como un poseído rodeado de sus amigos. Quería salir rápido de ese lugar, pero sin que notase lo más mínimo mi presencia. Necesitaba a mi amigo, a mi amor, que se encontraba en ese mismo instante enseñando a bailar a su futura novia, no podía contar con él y no quería interrumpirle ni tampoco verle haciendo con ella lo que me hubiese gustado que hiciese conmigo.
Solo tenía dos opciones, buscar una puerta trasera y desaparecer o andar hacia la puerta principal, que estaba enfrente mío, arriesgándome a pasar por delante de ambos sin mirarles, con la esperanza de que ninguno de los dos se fijase en mí.
Me decidí por la primera opción, me levanté firme, y me dirigí a un camarero para preguntarle por la puerta de atrás, al escuchar su respuesta mi cara se transformó de nuevo y probablemente le asustó, porque en seguida me preguntó por mi estado de salud y poco le faltó para preguntarme también por mi estado mental. No había alternativa, no existía la opción a, la única manera de salir del establecimiento era pasar por delante de esos dos hombres, que tanto habían marcado mi vida. Delante del que me la destrozó y del que la mejoró sin darse cuenta y consiguió que creyese un poco más en eso que llaman amor, aunque no correspondido.
Me armé de valor, respiré hondo para relajarme varias veces y dí el primer paso en su dirección, el piloto automático de mi cuerpo se activó y comencé a andar normal, sin prisas, como una persona cualquiera, mientras mi mente no paraba de decirme que no les mirase, a ninguno de los dos.
Cuando pasé cerca suyo, apreté fuerte el puño y presioné el anillo que llevaba en el dedo anular en un intento de buscar algo de fuerza en caso de necesitarla. Había sobrepasado su posición unos cuantos pasos y ya veía cerca la puerta, mi salida. Estaba cruzándola cuando oí mi nombre. No quise saber quién me llamaba, lo último que quería mi cuerpo era pararse, solo quería huir lo más lejos posible. Me quité los zapatos de tacón, me apreté fuerte la chaqueta y eché a correr sin mirar atrás.
Creía que había ganado, que estaba segura, pero de nuevo gritaron mi nombre, cada vez se escuchaba más cerca. Yo corrí, tanto que me dolían los pies, pero esa voz seguía persiguiéndome, gritando que parara, casi suplicando que me detuviese. Fue en ese momento cuando mi mente reaccionó y me paré. Estaba cansada, cansada de huir, de llorar a solas, de sufrir, de esconderme, cansada de no ser feliz. Me paré para enfrentarlo, para enseñarme a mí misma que podía ser fuerte, que podía con todo.
Noté como su mano agarraba mi brazo, su voz estaba agitada por la carrera, no paraba de decir mi nombre, cada vez más bajito hasta que terminó en un susurro. Me giré para mirarle a la cara, no estoy segura de si fue la decisión correcta, pero eso hice, y cuando vi sus ojos me derrumbé. Supe que estaba preocupado por mí, supe que le importaba, es ahí, cuando vi sus preciosos ojos avellana, cuando supe que me quería.
Le abracé con fuerza y me desahogué en sus brazos, ya estaba segura. Todos los miedos se esfumaron. Me cogió de la mano y comenzamos a andar, sin un destino fijo, él había llegado a mi vida para mejorarla cuando todo era negro y se mantendría en ella para hacerme feliz.
Nunca más tuve que poner el piloto automático, porque quería vivir al cien por cien todos los momentos junto a él, junto a mi amigo, junto a mi amor.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Cuando menos te lo esperas...
Así, sin más, alguien que hace tiempo que llegó a tu vida,
que siempre trataste como uno más, en el que nunca te fijaste, comparte un buen
momento contigo y luego otro y otro más y te das cuenta de que es increíble, de
que merece la pena, de que no quieres dejarlo escapar.
Era una tarde como otra cualquiera, mi vida seguía siendo
lineal, rutinaria, aburrida, todos los días el mismo horario, las mismas
actividades, sin variación. Llegué al trabajo puntual, como siempre, me quité
la chaqueta, la coloqué en el respaldo de mi silla y me senté, todo era igual
al día anterior. Una montaña de documentos estaba frente a mí, bien colocada
encima del escritorio, debían ser guiones. Siempre me había gustado leer
guiones y adentrarme en las historias que tenían guardadas. Abrí mi ordenador
portátil y busqué la pantalla donde tenía guardadas las notas que iba haciendo
de cada guion, cada uno tenía una pantalla, todo bien organizado, como me
gustaba.
Acababa de terminar de leerme el primer guion del día y me
disponía a ir a tomar un café, en la máquina me encontré a un compañero. Sabía
su nombre, porque solía asegurarme de enterarme bien quien entraba a trabajar
en la empresa, pero no sabía mucho más de él. Me sonrió y yo hice lo mismo, no
quedaba bien negar una sonrisa. Un hola, qué tal la mañana, acompañó esa
sonrisa, que por cierto era muy bonita. Empezamos a hablar, sobre el trabajo en
su mayoría, pero luego la conversación derivó a otros asuntos más personales,
como el por qué trabajamos ambos ahí, si nos gustaba, que habíamos estudiado…
Era una conversación normal que tienes con un compañero más de trabajo, nada
fuera de lo común. Esa pequeña conversación en la cafetería, con un café con
leche en mi mano y un cortado en la suya, fue el detonante de que me empezase a
fijar en él. Era un hombre muy guapo, de hecho ya había oído hablar de él entre
las compañeras, sobretodo en el baño, y estaba casi segura de que tenía o había
tenido algo con una de ellas. Lo pensé cuando en una fiesta de la empresa
desaparecieron juntos, no iban solos, cierto, había más compañeros con ellos,
pero se les veía muy juntos y yo soy de las que sacan ese tipo de conclusiones.
Terminamos de hablar porque se había acabado el descanso y
no nos volvimos a ver en todo el día, excepto al final, que él se fue antes y
al pasar por mi mesa se despidió de mí, un detalle, todo hay que decirlo. Me quedé
con buen sabor de boca y empecé a pensar un poquito más en él, a fijarme más.
Los días pasaron y no coincidimos demasiado, yo le buscaba
con la mirada, pero no aparecía, días más tardes lo entendí, le habían mandado
de viaje. Dos semanas después yo ya me había olvidado algo de su existencia, no
del todo, porque cuando fui a la cafetería me vino el recuerdo, pero ya no le
buscaba, algo bueno.
Qué cosas tiene la vida, justo cuando dejé de buscarle
apareció y además a mi lado, le habían cambiado de mesa y ahora ocupaba justo
la que estaba al lado de la mía. Me hizo gracia su cara cuando me vio, era como si
no se lo pudiese creer, pero sonrió y solo por ver su sonrisa merecía la pena
su cara de asombro anterior. Estuvimos hablando, respetando eso sí cada uno el
trabajo del otro, solo hablábamos cuando ninguno de los dos hacía nada. Ese día
sí que pude conocerle más. Descubrí que teníamos muchas cosas en común, que era
una magnífica persona, que se preocupaba por los demás y que además conseguía
hacerme reír con cualquier tontería. Se fue como siempre antes que yo, pero no
sin antes despedirse y darme su teléfono para quedar algún día, puse como
excusa. Me empecé a ilusionar, era diferente a todos los hombres que había
conocido, no me esperaba para nada sentirme así de a gusto a su lado y después
de conocerle más, solo quería pasar tiempo con él, compartir momentos con él,
estar con él.
Fue ahí cuando me di cuenta de que cuando menos te lo
esperas ocurre lo que menos te esperas que ocurra. Cuando menos te lo esperas
conoces a alguien increíble que pone tu mundo patas arriba, alguien que te
llena, que te hace feliz y entonces todo cobra sentido.
No sé que pasará en un futuro, qué nos deparará la vida, si
compartiremos más momentos juntos o no, solo sé que ha merecido la pena
encontrar a alguien así, porque quedan pocos y te alegran la vida.
(ficción pura) Iris R. Rico
viernes, 3 de octubre de 2014
Una lágrima
Una lágrima, una lágrima salada y pequeña recorre su mejilla
mojándola, haciendo que la piel al contacto con el pequeño rastro de agua se
vea más brillante. ¿Por qué llora? ¿Por qué la gente llora?
Un llanto de tristeza
Cuando alguien que se ha ido no va a volver,
Cuando te han hecho caer y no te han ayudado a levantarte,
Cuando debes despedirte de alguien importante.
Un llanto de rabia y frustración,
Cuando sabes que tienes toda la razón,
Cuando nadie te entiende ni quiere entenderte,
Cuando sabes que por más explicaciones que des no es
suficiente,
Cuando algo por lo que has luchado ha salido mal,
Cuando sientes que te derrumbas porque no puedes más.
Un llanto de alegría,
Cuando una película de amor termina bien,
Cuando te reencuentras en el aeropuerto con ella o con él,
Cuando sabes que has ganado y ese es el premio por tu
trabajo,
Cuando eres feliz y recuerdas el porqué.
Deja que la lágrima muera en la comisura de sus labios y
entonces lo entiende. Respira hondo y se sujeta en la silla más cercana que
tiene, apoya en ella sus emociones, esas que tanto la agobian, que tanto la
dañan. Se sienta despacio y se tapa la cara con las manos, entonces llora. Al
terminar de sacar todo lo que hay en su interior se levanta, se limpia con un
pañuelo, mira la fotografía que tiene encima de la mesilla, sonríe y se va.
Porque pase lo que pase hay que seguir, siempre hay que seguir, por los que
estuvieron en nuestras vidas y por los que estarán.
sábado, 27 de septiembre de 2014
La mía propia
Siempre he sido de las que escriben historias de amor.
Historias en las que una mujer y un hombre predestinados se encuentran al fin,
se enamoran y pese a las piedras del camino, permanecen juntos. Siempre me han
gustado las novelas románticas, en las que todo es bonito y los finales son
felices. Pero hasta hace muy poco no había tenido la suerte de vivir una
experiencia como las que ocurren en los libros, hasta hace muy poco no me había
enamorado. Por eso creo que aunque es muy típico viniendo de mí, tengo que
contárosla, con todo lujo de detalles, como haría una verdadera escritora.
Casi todas las novelas que he escrito se desarrollan en
parajes con vida propia, en lugares maravillosos, sin descubrir, donde cada
rincón tiene algo que te hace soñar. Esta vez es diferente, es mucho más real.
Mi historia empezó en un IKEA, para ser más exactos en el que más lejos está de
mi casa. Es momento de comenzar.
Llevaba un mes entero esperando el pedido de esa cómoda de
IKEA que tanto me gustaba, todos los días consultaba la disponibilidad en la
tienda que estaba más cerca de mi casa y nada, al parecer o no llegaban más
cómodas o se agotaban al instante que llegaban y a mí no me daba tiempo a ir a
comprarla. Estaba frustrada, normalmente no había nada que se me resistiese y
eso que tanto me gustaba me estaba siendo imposible de conseguir.
Hacía muy poco que me había mudado, apenas cuatro meses. La
mudanza había sido dura pero también divertida, dura porque comprar muebles
para toda la casa cuesta su dinero y aunque tenía bastante ahorrado de mi
última novela publicada dolía deshacerse de él de una tirada. Y divertida
porque siempre iba acompañada de alguien al IKEA, me encantaba esa tienda y
todo lo que había en ella, desde un vaso hasta un armario de cuatro pertas correderas
hecho a medida. Decoradora era mi profesión frustrada y ya que no me había
dedicado a ello pues al menos utilizaba ese don del buen gusto en los muebles y
los colores para ayudar a mis amigos a decorar sus casas. Cuando por fin llegó el
momento de decorar mi propia casa, mi emoción fue aún mayor, hice mil listas de
todo lo que tenía que mirar, dibujos sobre el plano de la casa para ver cómo
quedaría, ¡incluso me descargué un programa en 3D para hacerme una idea más
realista! Me volví loca, casi tanto como me vuelvo cuando empiezo a escribir.
Mi casa nueva era un sueño, un loft a las afueras de la
ciudad, en la última planta del edificio. Un edificio con piscina, gimnasio y
pista de pádel además de unos vecinos adorables que me trajeron un bizcocho
como bienvenida. Inicialmente mi piso era un simple ático con una bonita
terraza desde la que se veía la inmensidad de la ciudad, pero gracias a mis
amigos, una pareja de arquitectos, se convirtió en todo lo que siempre había
querido. El salón pasó de tener un pequeño mirador a un gran ventanal que
ocupaba toda la pared, la cocina, antes tradicional, ahora era del tipo
americano, abierta al salón, aunque tenía una increíble campana extractora que
ni siquiera sonaba, que absorbía tanto el humo como los olores. Dos
habitaciones y dos baños completaban la distribución de la casa, la habitación
principal, mi habitación, también pasó por la modificación de la ventana y
desde la cama podía ver la ciudad, una visa del todo impresionante. Otra de las
cosas que me apasionaba de mi nueva e impotente casa era mi estudio, al que se
accedía por unas escaleras de caracol desde el salón, allí pasaría los días
sumergida en mi mundo romántico.
Recuerdo perfectamente el día en que me conecté a internet,
me metí en la página de IKEA y me apareció que la cómoda que tanto tiempo
llevaba buscando se encontraba en una tienda a la otra punta de la ciudad.
Salté de alegría, por fin sería mía, por fin podría rellenar ese pequeño vacío
de mi habitación y colocar la ropa que tenía aún guardada en las maletas. Pese
a que no tenía ni idea de cómo llegar a ese IKEA donde se encontraba la muy
esperada cómoda, me metí en los vaqueros, me puse la primera camiseta que encontré
en la maleta, las zapatillas de deporte negras, me atusé un poco el pelo, cogí
el bolso, las llaves de casa y del coche y me fui en su búsqueda.
El GPS de mi móvil nunca me había fallado y esa vez no iba a
ser menos, llegué sana y salva a i destino. Aparqué mi coche a la primera y
tuve mucha suerte de que hubiese un sitio muy cerca de la puerta, eso era una
señal de que la cómoda iba a estar allí esperándome. Entré en el IKEA casi
corriendo, subí las escaleras mecánicas de dos en dos y luego bajé las que
llevaban a los productos individuales pues no tenía por qué pasar por la
exposición. Pese a mi buena educación y mi calmada manera de ser, pasé entre la
gente sin fijarme en si pisaba a alguien o daba sin querer algún codazo,
centrada en mi objetivo, en mi cómoda. Me tropecé con una niña que hizo que me
parara, la pedí disculpas tanto a ella como a su madre que me miró con cara de
pocos amigos y cuando levanté la mirada me quedé quieta. Todo el nerviosismo
por coger la cómoda se había esfumado o bueno quizás seguía allí pero se había
suavizado un poco, porque delante de mí se encontraba la cosa más bonita que
había visto en mucho tiempo. Un cuadro tan grande como para ocupar toda mi
pared, con trazos finos y colores vivos evocaba un anochecer en el campo. Era
un paisaje tan increíble como aquellos que describía en mis novelas, los tonos
morados del cielo eran perfectos mezclados con el naranja del sol. Sin mirar
siquiera el precio, anduve hacia él y lo cogí, no el que estaba expuesto, sino
uno de los que podías llevarte a casa. Estaba emocionada por mi gran adquisición
de última hora y ya sabía el lugar exacto donde iba a colocarlo. Después de ese
pequeño lapsus, me dirigí al almacén donde se encontraban los muebles más
pesados, cogí un carro y prácticamente corrí hacia el pasillo donde sabía que
estaba mi cómoda.
Cuando al fin la tuve frente a mí, intenté cogerla pero ¡pesaba una tonelada! Iba a ser imposible que pudiese yo sola con ella. Un chico con el uniforme de IKEA pasaba por allí, parecía que estaba fuerte, probablemente porque se dedicaba a cargar muebles tan pesados como este, me acerqué a él y esperé a que terminara de colocar un pedido para hablarle. Cuando le pregunté si podía ayudarme me miró, sentí de nuevo esa sensación de estar llena por dentro, sus ojos marrones eran tan expresivos que no podías apartar la vista de ellos. Sonrió y al hacerlo mi mundo se puso patas arriba, nunca había vivido algo así pero sí había oído hablar de ellos y también y gracias a toda la información que había obtenido, había podido escribir sobre ello. Amor a primera vista.
Cuando al fin la tuve frente a mí, intenté cogerla pero ¡pesaba una tonelada! Iba a ser imposible que pudiese yo sola con ella. Un chico con el uniforme de IKEA pasaba por allí, parecía que estaba fuerte, probablemente porque se dedicaba a cargar muebles tan pesados como este, me acerqué a él y esperé a que terminara de colocar un pedido para hablarle. Cuando le pregunté si podía ayudarme me miró, sentí de nuevo esa sensación de estar llena por dentro, sus ojos marrones eran tan expresivos que no podías apartar la vista de ellos. Sonrió y al hacerlo mi mundo se puso patas arriba, nunca había vivido algo así pero sí había oído hablar de ellos y también y gracias a toda la información que había obtenido, había podido escribir sobre ello. Amor a primera vista.
Me ayudó tal como le pedí, a cargar la cómoda en mi carro de
la compra y además decidió acompañarme a pagar y así ayudarme también a meterlo
en el coche. En el corto camino hasta la caja me preguntó por qué me había
decidido por el cuadro y al contárselo empezó a reírse. Supuse que mi manera de
describir tan detalladamente y con tanto subjetivismo le hizo gracia así que
esbocé una dulce sonrisa. Tras haber pagado y tal como me había dicho, me
acompañó a mi coche y puso en él mi cómoda. Se veía bonita hasta en la parte
trasera de mi ya gastado coche. Le agradecí por su ayuda todas las veces que
pude y cuando supe que había llegado el momento de despedirnos agarré mi bolso
y saqué de él un bolígrafo negro, ese que utilizaba para anotar cosas curiosas,
sin pensarlo mucho cogí su mano y le apunté en ella mi número de teléfono. Él
me miró algo asombrado, aunque el asombro al instante fue reemplazado por una
gran sonrisa. Al terminar de escribirlo, me presenté y él también se presentó,
fui a darle dos besos pero en vez de eso él me cogió la cara y me besó
dulcemente en los labios. Cuando nos separamos noté como empezaba a
ruborizarme, al notarlo él sonrió aún más si eso era posible. Nos despedimos al
fin y entré en el coche con el corazón desbocado, suspiré mil veces por el
cúmulo de emociones que en ese momento volaban en mi interior. Un minuto después
de haberle dicho adiós, mi móvil empezó a sonar, lo cogí rápidamente, era un
número que no conocía. Al contestar escuché la siguiente frase: “Soy yo, solo
quería asegurarme de que este era tu número, además tendré que aprendérmelo de
memoria porque estoy seguro de que voy a marcarlo muchas veces” Sonreí como una
tonta con su respuesta, ya estaba enamorada, lo sentía, lo creía, lo sabía. Me
había enamorado sin buscarlo ni esperarlo de un trabajador de IKEA al que
apenas conocía, me había enamorado de Carlos.
Y hasta hoy, ocho años han pasado desde que estamos juntos.
Vivimos en mi piso, ahora él tiene su propia empresa de mudanzas. Yo sigo
escribiendo novelas románticas. El cuadro que compré el día que nos conocimos
está colgado en la pared de nuestra habitación, lo vemos todos los días y nos
trae muy buenos recuerdos. La cómoda que tanto esperé ocupó su lugar y está
repleta de ropa, los tres primeros cajones contienen la mía y los tres últimos
la de él. Al fin supe describir lo que era el amor a primera vista y lo hice
como lo hago siempre, dándole mi toque personal de subjetivismo. Esta fue sin
duda mi historia de amor real. Soy escritora, soy mujer, soy feliz y estoy
enamorada.
lunes, 7 de abril de 2014
Corre
Retrocede, date la vuelta, corre y no mires atrás.
Escúchame, no te pares, no dejes de mover tus pies, vete lejos.
No vuelvas, no lo intentes, es tarde, debes irte, abandonar, no pienses, solo corre.
Se despertó agitada, con sudor frío, había sido tan real que verdaderamente creía que tenía que correr. No entendía el motivo, solo sabía que tenía que hacerlo. Se puso el primer chándal que encontró en el armario, las deportivas y se recogió el pelo en una coleta, tirante, como su madre le había enseñado a hacérselas.
Cogió la llave de la puerta principal y se la puso en el colgante que llevaba, truco aprendido de su padre para que nunca la perdiese. Salió por la puerta, las luces estaban apagadas, ella sabía que no había nadie más en su casa, cerró la puerta de un portazo y miró al cielo. No se veían las estrellas, grandes nubes las tapaban. Suspiró y miró al frente, solo estaba la acera y la calle, una calle minimamente iluminada y desierta.
Pero no tuvo miedo y empezó a correr. Cada vez más rápido, sin un rumbo fijo. Los árboles se movían a un mismo son llevados por el aire y las farolas daban algo de luz a la negra noche. No se oía más que el susurrar del viento, el silencio era extraño y a la vez reconfortante. No dejó de correr, siguió moviendo sus pies, aumentando la velocidad según veía que podía hacerlo.
Un sonido fuerte y claro aplastó el silencio, era un sonido que ella conocía muy bien, demasiado bien. Paró en seco. La misma voz del sueño le repitió "no te pares, debes irte" pero ella no podía moverse. Su cuerpo no reaccionaba, estaba quieta, respirando entrecortadamente por el esfuerzo y con ese sonido tan familiar repitiéndose una y otra vez en su mente.
Una lágrima corrió por su mejilla, seguida por muchas más lágrimas que no podía controlar. Cayó de rodillas al suelo, con la cabeza entre las manos, con la intención de protegerse y lloró, sacó fuera todo el cúmulo de emociones que tenía. Estaba cansada, cansada de tener tanta responsabilidad, cansada de estar sola, cansada de no saber qué hacer, cansada de todo.
Una fuerte mano se posó en su hombro, un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, sabía a quién pertenecía esa mano y eso la hizo llorar más. Esa persona la cogió en brazos y ella cerró fuerte los ojos, no por miedo, no tenía miedo. Notó el movimiento y se refugió en el pecho del que la llevaba. Dejó de llorar. No debía haber parado.
Pasados unos minutos, ya no se movía. Dejó de estar abrazada a esa persona y notó como la depositaba en un lugar blando y cómodo. Un beso en la frente la hizo abrir los ojos, sus ojos marrones, casi negros, se encontraron con otros iguales y se vio reflejada en ellos. Se dio cuenta de que no estaba bien y de que no podía seguir así y de nuevo las lágrimas regresaron. La persona de sus mismos ojos se las quitó con suavidad y ternura.
"Ya estoy aquí pequeña, todo ha pasado, he vuelto y ya nada me va a separar de tu lado, te lo prometo" Dijo aquella voz, la que le pertenecía al que una vez la había dejado, había cogido sus maletas y había salido por la puerta. La voz de la persona a la que más quería y la única que le quedaba en la vida. Ella se quedó muda, mirándole, intentando decir con la mirada lo que no era capaz de expresar.
"Ellos ya no están, pero yo sí y no voy a dejarte de nuevo" habló de nuevo esa voz. Ella consiguió reaccionar al fin y le echó los brazos al cuello, abrazándolo fuerte.
"Te he echado de menos" consiguió decir ella despacio. "Y yo a ti hermanita, y yo a ti" contestó él enterrando la cara en el pelo de su hermana pequeña y apretándola contra él con ganas.
Ya no tenía que correr porque ya no estaba sola, ahora podía caminar, para poder contemplar lo que tenía a su alrededor y no perderse nada.
Escúchame, no te pares, no dejes de mover tus pies, vete lejos.
No vuelvas, no lo intentes, es tarde, debes irte, abandonar, no pienses, solo corre.
Se despertó agitada, con sudor frío, había sido tan real que verdaderamente creía que tenía que correr. No entendía el motivo, solo sabía que tenía que hacerlo. Se puso el primer chándal que encontró en el armario, las deportivas y se recogió el pelo en una coleta, tirante, como su madre le había enseñado a hacérselas.
Cogió la llave de la puerta principal y se la puso en el colgante que llevaba, truco aprendido de su padre para que nunca la perdiese. Salió por la puerta, las luces estaban apagadas, ella sabía que no había nadie más en su casa, cerró la puerta de un portazo y miró al cielo. No se veían las estrellas, grandes nubes las tapaban. Suspiró y miró al frente, solo estaba la acera y la calle, una calle minimamente iluminada y desierta.
Pero no tuvo miedo y empezó a correr. Cada vez más rápido, sin un rumbo fijo. Los árboles se movían a un mismo son llevados por el aire y las farolas daban algo de luz a la negra noche. No se oía más que el susurrar del viento, el silencio era extraño y a la vez reconfortante. No dejó de correr, siguió moviendo sus pies, aumentando la velocidad según veía que podía hacerlo.
Un sonido fuerte y claro aplastó el silencio, era un sonido que ella conocía muy bien, demasiado bien. Paró en seco. La misma voz del sueño le repitió "no te pares, debes irte" pero ella no podía moverse. Su cuerpo no reaccionaba, estaba quieta, respirando entrecortadamente por el esfuerzo y con ese sonido tan familiar repitiéndose una y otra vez en su mente.
Una lágrima corrió por su mejilla, seguida por muchas más lágrimas que no podía controlar. Cayó de rodillas al suelo, con la cabeza entre las manos, con la intención de protegerse y lloró, sacó fuera todo el cúmulo de emociones que tenía. Estaba cansada, cansada de tener tanta responsabilidad, cansada de estar sola, cansada de no saber qué hacer, cansada de todo.
Una fuerte mano se posó en su hombro, un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, sabía a quién pertenecía esa mano y eso la hizo llorar más. Esa persona la cogió en brazos y ella cerró fuerte los ojos, no por miedo, no tenía miedo. Notó el movimiento y se refugió en el pecho del que la llevaba. Dejó de llorar. No debía haber parado.
Pasados unos minutos, ya no se movía. Dejó de estar abrazada a esa persona y notó como la depositaba en un lugar blando y cómodo. Un beso en la frente la hizo abrir los ojos, sus ojos marrones, casi negros, se encontraron con otros iguales y se vio reflejada en ellos. Se dio cuenta de que no estaba bien y de que no podía seguir así y de nuevo las lágrimas regresaron. La persona de sus mismos ojos se las quitó con suavidad y ternura.
"Ya estoy aquí pequeña, todo ha pasado, he vuelto y ya nada me va a separar de tu lado, te lo prometo" Dijo aquella voz, la que le pertenecía al que una vez la había dejado, había cogido sus maletas y había salido por la puerta. La voz de la persona a la que más quería y la única que le quedaba en la vida. Ella se quedó muda, mirándole, intentando decir con la mirada lo que no era capaz de expresar.
"Ellos ya no están, pero yo sí y no voy a dejarte de nuevo" habló de nuevo esa voz. Ella consiguió reaccionar al fin y le echó los brazos al cuello, abrazándolo fuerte.
"Te he echado de menos" consiguió decir ella despacio. "Y yo a ti hermanita, y yo a ti" contestó él enterrando la cara en el pelo de su hermana pequeña y apretándola contra él con ganas.
Ya no tenía que correr porque ya no estaba sola, ahora podía caminar, para poder contemplar lo que tenía a su alrededor y no perderse nada.
viernes, 4 de abril de 2014
Poesía: No sé.
No sé lo que quiero.
No sé si son caricias o miradas,
canciones o poesías,
abrazos o palabras,
sueños o realidades,
la noche o el día.
No sé lo que busco.
No sé si es un amor lleno de pasión o de dulzura,
de besos o de sonrisas,
de diálogo o de escucha,
de un nosotros o de un tu y yo,
un amor con remedio o que no tenga cura.
No sé lo que necesito.
No sé si son consejos o apoyo,
un hombro en el que llorar o un chiste bien contado,
roces o enojos,
una mano que agarrar o un fuerte brazo que no me suelte nunca,
vivir pausadamente o hacerlo a lo loco.
No sé si debo saber las verdades que duelen,
o mantenerme ignorante en la mentira.
No sé si esperar a un troglodita que me proteja en sus brazos,
o un caballero que me defienda con su espada.
No sé si creer que existe un final feliz
o pensar que no todo termina.
No sé si soñar con un mundo diferente,
o pisar fuerte en el suelo para mirarlo sin máscara.
No lo sé,
estoy confundida y perdida,
quizás despistada,
pero tengo una cosa muy clara,
de dónde vengo y a dónde quiero llegar,
y nada me hará dudar de mí misma.
Porque a pesar de todo,
soy yo quién maneja los finos hilos,
de la que llamo mi vida.
Por: Iris R. Rico
No sé si son caricias o miradas,
canciones o poesías,
abrazos o palabras,
sueños o realidades,
la noche o el día.
No sé lo que busco.
No sé si es un amor lleno de pasión o de dulzura,
de besos o de sonrisas,
de diálogo o de escucha,
de un nosotros o de un tu y yo,
un amor con remedio o que no tenga cura.
No sé lo que necesito.
No sé si son consejos o apoyo,
un hombro en el que llorar o un chiste bien contado,
roces o enojos,
una mano que agarrar o un fuerte brazo que no me suelte nunca,
vivir pausadamente o hacerlo a lo loco.
No sé si debo saber las verdades que duelen,
o mantenerme ignorante en la mentira.
No sé si esperar a un troglodita que me proteja en sus brazos,
o un caballero que me defienda con su espada.
No sé si creer que existe un final feliz
o pensar que no todo termina.
No sé si soñar con un mundo diferente,
o pisar fuerte en el suelo para mirarlo sin máscara.
No lo sé,
estoy confundida y perdida,
quizás despistada,
pero tengo una cosa muy clara,
de dónde vengo y a dónde quiero llegar,
y nada me hará dudar de mí misma.
Porque a pesar de todo,
soy yo quién maneja los finos hilos,
de la que llamo mi vida.
Por: Iris R. Rico
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