Siempre he sido de las que escriben historias de amor.
Historias en las que una mujer y un hombre predestinados se encuentran al fin,
se enamoran y pese a las piedras del camino, permanecen juntos. Siempre me han
gustado las novelas románticas, en las que todo es bonito y los finales son
felices. Pero hasta hace muy poco no había tenido la suerte de vivir una
experiencia como las que ocurren en los libros, hasta hace muy poco no me había
enamorado. Por eso creo que aunque es muy típico viniendo de mí, tengo que
contárosla, con todo lujo de detalles, como haría una verdadera escritora.
Casi todas las novelas que he escrito se desarrollan en
parajes con vida propia, en lugares maravillosos, sin descubrir, donde cada
rincón tiene algo que te hace soñar. Esta vez es diferente, es mucho más real.
Mi historia empezó en un IKEA, para ser más exactos en el que más lejos está de
mi casa. Es momento de comenzar.
Llevaba un mes entero esperando el pedido de esa cómoda de
IKEA que tanto me gustaba, todos los días consultaba la disponibilidad en la
tienda que estaba más cerca de mi casa y nada, al parecer o no llegaban más
cómodas o se agotaban al instante que llegaban y a mí no me daba tiempo a ir a
comprarla. Estaba frustrada, normalmente no había nada que se me resistiese y
eso que tanto me gustaba me estaba siendo imposible de conseguir.
Hacía muy poco que me había mudado, apenas cuatro meses. La
mudanza había sido dura pero también divertida, dura porque comprar muebles
para toda la casa cuesta su dinero y aunque tenía bastante ahorrado de mi
última novela publicada dolía deshacerse de él de una tirada. Y divertida
porque siempre iba acompañada de alguien al IKEA, me encantaba esa tienda y
todo lo que había en ella, desde un vaso hasta un armario de cuatro pertas correderas
hecho a medida. Decoradora era mi profesión frustrada y ya que no me había
dedicado a ello pues al menos utilizaba ese don del buen gusto en los muebles y
los colores para ayudar a mis amigos a decorar sus casas. Cuando por fin llegó el
momento de decorar mi propia casa, mi emoción fue aún mayor, hice mil listas de
todo lo que tenía que mirar, dibujos sobre el plano de la casa para ver cómo
quedaría, ¡incluso me descargué un programa en 3D para hacerme una idea más
realista! Me volví loca, casi tanto como me vuelvo cuando empiezo a escribir.
Mi casa nueva era un sueño, un loft a las afueras de la
ciudad, en la última planta del edificio. Un edificio con piscina, gimnasio y
pista de pádel además de unos vecinos adorables que me trajeron un bizcocho
como bienvenida. Inicialmente mi piso era un simple ático con una bonita
terraza desde la que se veía la inmensidad de la ciudad, pero gracias a mis
amigos, una pareja de arquitectos, se convirtió en todo lo que siempre había
querido. El salón pasó de tener un pequeño mirador a un gran ventanal que
ocupaba toda la pared, la cocina, antes tradicional, ahora era del tipo
americano, abierta al salón, aunque tenía una increíble campana extractora que
ni siquiera sonaba, que absorbía tanto el humo como los olores. Dos
habitaciones y dos baños completaban la distribución de la casa, la habitación
principal, mi habitación, también pasó por la modificación de la ventana y
desde la cama podía ver la ciudad, una visa del todo impresionante. Otra de las
cosas que me apasionaba de mi nueva e impotente casa era mi estudio, al que se
accedía por unas escaleras de caracol desde el salón, allí pasaría los días
sumergida en mi mundo romántico.
Recuerdo perfectamente el día en que me conecté a internet,
me metí en la página de IKEA y me apareció que la cómoda que tanto tiempo
llevaba buscando se encontraba en una tienda a la otra punta de la ciudad.
Salté de alegría, por fin sería mía, por fin podría rellenar ese pequeño vacío
de mi habitación y colocar la ropa que tenía aún guardada en las maletas. Pese
a que no tenía ni idea de cómo llegar a ese IKEA donde se encontraba la muy
esperada cómoda, me metí en los vaqueros, me puse la primera camiseta que encontré
en la maleta, las zapatillas de deporte negras, me atusé un poco el pelo, cogí
el bolso, las llaves de casa y del coche y me fui en su búsqueda.
El GPS de mi móvil nunca me había fallado y esa vez no iba a
ser menos, llegué sana y salva a i destino. Aparqué mi coche a la primera y
tuve mucha suerte de que hubiese un sitio muy cerca de la puerta, eso era una
señal de que la cómoda iba a estar allí esperándome. Entré en el IKEA casi
corriendo, subí las escaleras mecánicas de dos en dos y luego bajé las que
llevaban a los productos individuales pues no tenía por qué pasar por la
exposición. Pese a mi buena educación y mi calmada manera de ser, pasé entre la
gente sin fijarme en si pisaba a alguien o daba sin querer algún codazo,
centrada en mi objetivo, en mi cómoda. Me tropecé con una niña que hizo que me
parara, la pedí disculpas tanto a ella como a su madre que me miró con cara de
pocos amigos y cuando levanté la mirada me quedé quieta. Todo el nerviosismo
por coger la cómoda se había esfumado o bueno quizás seguía allí pero se había
suavizado un poco, porque delante de mí se encontraba la cosa más bonita que
había visto en mucho tiempo. Un cuadro tan grande como para ocupar toda mi
pared, con trazos finos y colores vivos evocaba un anochecer en el campo. Era
un paisaje tan increíble como aquellos que describía en mis novelas, los tonos
morados del cielo eran perfectos mezclados con el naranja del sol. Sin mirar
siquiera el precio, anduve hacia él y lo cogí, no el que estaba expuesto, sino
uno de los que podías llevarte a casa. Estaba emocionada por mi gran adquisición
de última hora y ya sabía el lugar exacto donde iba a colocarlo. Después de ese
pequeño lapsus, me dirigí al almacén donde se encontraban los muebles más
pesados, cogí un carro y prácticamente corrí hacia el pasillo donde sabía que
estaba mi cómoda.
Cuando al fin la tuve frente a mí, intenté cogerla pero
¡pesaba una tonelada! Iba a ser imposible que pudiese yo sola con ella. Un
chico con el uniforme de IKEA pasaba por allí, parecía que estaba fuerte,
probablemente porque se dedicaba a cargar muebles tan pesados como este, me
acerqué a él y esperé a que terminara de colocar un pedido para hablarle. Cuando
le pregunté si podía ayudarme me miró,
sentí de nuevo esa sensación de estar llena por dentro, sus ojos marrones eran
tan expresivos que no podías apartar la vista de ellos. Sonrió y al hacerlo mi
mundo se puso patas arriba, nunca había vivido algo así pero sí había oído
hablar de ellos y también y gracias a toda la información que había obtenido,
había podido escribir sobre ello. Amor a primera vista.
Me ayudó tal como le pedí, a cargar la cómoda en mi carro de
la compra y además decidió acompañarme a pagar y así ayudarme también a meterlo
en el coche. En el corto camino hasta la caja me preguntó por qué me había
decidido por el cuadro y al contárselo empezó a reírse. Supuse que mi manera de
describir tan detalladamente y con tanto subjetivismo le hizo gracia así que
esbocé una dulce sonrisa. Tras haber pagado y tal como me había dicho, me
acompañó a mi coche y puso en él mi cómoda. Se veía bonita hasta en la parte
trasera de mi ya gastado coche. Le agradecí por su ayuda todas las veces que
pude y cuando supe que había llegado el momento de despedirnos agarré mi bolso
y saqué de él un bolígrafo negro, ese que utilizaba para anotar cosas curiosas,
sin pensarlo mucho cogí su mano y le apunté en ella mi número de teléfono. Él
me miró algo asombrado, aunque el asombro al instante fue reemplazado por una
gran sonrisa. Al terminar de escribirlo, me presenté y él también se presentó,
fui a darle dos besos pero en vez de eso él me cogió la cara y me besó
dulcemente en los labios. Cuando nos separamos noté como empezaba a
ruborizarme, al notarlo él sonrió aún más si eso era posible. Nos despedimos al
fin y entré en el coche con el corazón desbocado, suspiré mil veces por el
cúmulo de emociones que en ese momento volaban en mi interior. Un minuto después
de haberle dicho adiós, mi móvil empezó a sonar, lo cogí rápidamente, era un
número que no conocía. Al contestar escuché la siguiente frase: “Soy yo, solo
quería asegurarme de que este era tu número, además tendré que aprendérmelo de
memoria porque estoy seguro de que voy a marcarlo muchas veces” Sonreí como una
tonta con su respuesta, ya estaba enamorada, lo sentía, lo creía, lo sabía. Me
había enamorado sin buscarlo ni esperarlo de un trabajador de IKEA al que
apenas conocía, me había enamorado de Carlos.
Y hasta hoy, ocho años han pasado desde que estamos juntos.
Vivimos en mi piso, ahora él tiene su propia empresa de mudanzas. Yo sigo
escribiendo novelas románticas. El cuadro que compré el día que nos conocimos
está colgado en la pared de nuestra habitación, lo vemos todos los días y nos
trae muy buenos recuerdos. La cómoda que tanto esperé ocupó su lugar y está
repleta de ropa, los tres primeros cajones contienen la mía y los tres últimos
la de él. Al fin supe describir lo que era el amor a primera vista y lo hice
como lo hago siempre, dándole mi toque personal de subjetivismo. Esta fue sin
duda mi historia de amor real. Soy escritora, soy mujer, soy feliz y estoy
enamorada.