viernes, 3 de octubre de 2014

Una lágrima

Una lágrima, una lágrima salada y pequeña recorre su mejilla mojándola, haciendo que la piel al contacto con el pequeño rastro de agua se vea más brillante. ¿Por qué llora? ¿Por qué la gente llora?


Un llanto de tristeza
Cuando alguien que se ha ido no va a volver,
Cuando te han hecho caer y no te han ayudado a levantarte,
Cuando debes despedirte de alguien importante.

Un llanto de rabia y frustración,
Cuando sabes que tienes toda la razón,
Cuando nadie te entiende ni quiere entenderte,
Cuando sabes que por más explicaciones que des no es suficiente,
Cuando algo por lo que has luchado ha salido mal,
Cuando sientes que te derrumbas porque no puedes más.

Un llanto de alegría,
Cuando una película de amor termina bien,
Cuando te reencuentras en el aeropuerto con ella o con él,
Cuando sabes que has ganado y ese es el premio por tu trabajo,
Cuando eres feliz y recuerdas el porqué.



Deja que la lágrima muera en la comisura de sus labios y entonces lo entiende. Respira hondo y se sujeta en la silla más cercana que tiene, apoya en ella sus emociones, esas que tanto la agobian, que tanto la dañan. Se sienta despacio y se tapa la cara con las manos, entonces llora. Al terminar de sacar todo lo que hay en su interior se levanta, se limpia con un pañuelo, mira la fotografía que tiene encima de la mesilla, sonríe y se va. Porque pase lo que pase hay que seguir, siempre hay que seguir, por los que estuvieron en nuestras vidas y por los que estarán.

sábado, 27 de septiembre de 2014

La mía propia

Siempre he sido de las que escriben historias de amor. Historias en las que una mujer y un hombre predestinados se encuentran al fin, se enamoran y pese a las piedras del camino, permanecen juntos. Siempre me han gustado las novelas románticas, en las que todo es bonito y los finales son felices. Pero hasta hace muy poco no había tenido la suerte de vivir una experiencia como las que ocurren en los libros, hasta hace muy poco no me había enamorado. Por eso creo que aunque es muy típico viniendo de mí, tengo que contárosla, con todo lujo de detalles, como haría una verdadera escritora.
Casi todas las novelas que he escrito se desarrollan en parajes con vida propia, en lugares maravillosos, sin descubrir, donde cada rincón tiene algo que te hace soñar. Esta vez es diferente, es mucho más real. Mi historia empezó en un IKEA, para ser más exactos en el que más lejos está de mi casa. Es momento de comenzar.


Llevaba un mes entero esperando el pedido de esa cómoda de IKEA que tanto me gustaba, todos los días consultaba la disponibilidad en la tienda que estaba más cerca de mi casa y nada, al parecer o no llegaban más cómodas o se agotaban al instante que llegaban y a mí no me daba tiempo a ir a comprarla. Estaba frustrada, normalmente no había nada que se me resistiese y eso que tanto me gustaba me estaba siendo imposible de conseguir.

Hacía muy poco que me había mudado, apenas cuatro meses. La mudanza había sido dura pero también divertida, dura porque comprar muebles para toda la casa cuesta su dinero y aunque tenía bastante ahorrado de mi última novela publicada dolía deshacerse de él de una tirada. Y divertida porque siempre iba acompañada de alguien al IKEA, me encantaba esa tienda y todo lo que había en ella, desde un vaso hasta un armario de cuatro pertas correderas hecho a medida. Decoradora era mi profesión frustrada y ya que no me había dedicado a ello pues al menos utilizaba ese don del buen gusto en los muebles y los colores para ayudar a mis amigos a decorar sus casas. Cuando por fin llegó el momento de decorar mi propia casa, mi emoción fue aún mayor, hice mil listas de todo lo que tenía que mirar, dibujos sobre el plano de la casa para ver cómo quedaría, ¡incluso me descargué un programa en 3D para hacerme una idea más realista! Me volví loca, casi tanto como me vuelvo cuando empiezo a escribir.

Mi casa nueva era un sueño, un loft a las afueras de la ciudad, en la última planta del edificio. Un edificio con piscina, gimnasio y pista de pádel además de unos vecinos adorables que me trajeron un bizcocho como bienvenida. Inicialmente mi piso era un simple ático con una bonita terraza desde la que se veía la inmensidad de la ciudad, pero gracias a mis amigos, una pareja de arquitectos, se convirtió en todo lo que siempre había querido. El salón pasó de tener un pequeño mirador a un gran ventanal que ocupaba toda la pared, la cocina, antes tradicional, ahora era del tipo americano, abierta al salón, aunque tenía una increíble campana extractora que ni siquiera sonaba, que absorbía tanto el humo como los olores. Dos habitaciones y dos baños completaban la distribución de la casa, la habitación principal, mi habitación, también pasó por la modificación de la ventana y desde la cama podía ver la ciudad, una visa del todo impresionante. Otra de las cosas que me apasionaba de mi nueva e impotente casa era mi estudio, al que se accedía por unas escaleras de caracol desde el salón, allí pasaría los días sumergida en mi mundo romántico.

Recuerdo perfectamente el día en que me conecté a internet, me metí en la página de IKEA y me apareció que la cómoda que tanto tiempo llevaba buscando se encontraba en una tienda a la otra punta de la ciudad. Salté de alegría, por fin sería mía, por fin podría rellenar ese pequeño vacío de mi habitación y colocar la ropa que tenía aún guardada en las maletas. Pese a que no tenía ni idea de cómo llegar a ese IKEA donde se encontraba la muy esperada cómoda, me metí en los vaqueros, me puse la primera camiseta que encontré en la maleta, las zapatillas de deporte negras, me atusé un poco el pelo, cogí el bolso, las llaves de casa y del coche y me fui en su búsqueda.

El GPS de mi móvil nunca me había fallado y esa vez no iba a ser menos, llegué sana y salva a i destino. Aparqué mi coche a la primera y tuve mucha suerte de que hubiese un sitio muy cerca de la puerta, eso era una señal de que la cómoda iba a estar allí esperándome. Entré en el IKEA casi corriendo, subí las escaleras mecánicas de dos en dos y luego bajé las que llevaban a los productos individuales pues no tenía por qué pasar por la exposición. Pese a mi buena educación y mi calmada manera de ser, pasé entre la gente sin fijarme en si pisaba a alguien o daba sin querer algún codazo, centrada en mi objetivo, en mi cómoda. Me tropecé con una niña que hizo que me parara, la pedí disculpas tanto a ella como a su madre que me miró con cara de pocos amigos y cuando levanté la mirada me quedé quieta. Todo el nerviosismo por coger la cómoda se había esfumado o bueno quizás seguía allí pero se había suavizado un poco, porque delante de mí se encontraba la cosa más bonita que había visto en mucho tiempo. Un cuadro tan grande como para ocupar toda mi pared, con trazos finos y colores vivos evocaba un anochecer en el campo. Era un paisaje tan increíble como aquellos que describía en mis novelas, los tonos morados del cielo eran perfectos mezclados con el naranja del sol. Sin mirar siquiera el precio, anduve hacia él y lo cogí, no el que estaba expuesto, sino uno de los que podías llevarte a casa. Estaba emocionada por mi gran adquisición de última hora y ya sabía el lugar exacto donde iba a colocarlo. Después de ese pequeño lapsus, me dirigí al almacén donde se encontraban los muebles más pesados, cogí un carro y prácticamente corrí hacia el pasillo donde sabía que estaba mi cómoda.

Cuando al fin la tuve frente a mí, intenté cogerla pero ¡pesaba una tonelada! Iba a ser imposible que pudiese yo sola con ella. Un chico con el uniforme de IKEA pasaba por allí, parecía que estaba fuerte, probablemente porque se dedicaba a cargar muebles tan pesados como este, me acerqué a él y esperé a que terminara de colocar un pedido para hablarle. Cuando le pregunté si podía ayudarme  me miró, sentí de nuevo esa sensación de estar llena por dentro, sus ojos marrones eran tan expresivos que no podías apartar la vista de ellos. Sonrió y al hacerlo mi mundo se puso patas arriba, nunca había vivido algo así pero sí había oído hablar de ellos y también y gracias a toda la información que había obtenido, había podido escribir sobre ello. Amor a primera vista.


Me ayudó tal como le pedí, a cargar la cómoda en mi carro de la compra y además decidió acompañarme a pagar y así ayudarme también a meterlo en el coche. En el corto camino hasta la caja me preguntó por qué me había decidido por el cuadro y al contárselo empezó a reírse. Supuse que mi manera de describir tan detalladamente y con tanto subjetivismo le hizo gracia así que esbocé una dulce sonrisa. Tras haber pagado y tal como me había dicho, me acompañó a mi coche y puso en él mi cómoda. Se veía bonita hasta en la parte trasera de mi ya gastado coche. Le agradecí por su ayuda todas las veces que pude y cuando supe que había llegado el momento de despedirnos agarré mi bolso y saqué de él un bolígrafo negro, ese que utilizaba para anotar cosas curiosas, sin pensarlo mucho cogí su mano y le apunté en ella mi número de teléfono. Él me miró algo asombrado, aunque el asombro al instante fue reemplazado por una gran sonrisa. Al terminar de escribirlo, me presenté y él también se presentó, fui a darle dos besos pero en vez de eso él me cogió la cara y me besó dulcemente en los labios. Cuando nos separamos noté como empezaba a ruborizarme, al notarlo él sonrió aún más si eso era posible. Nos despedimos al fin y entré en el coche con el corazón desbocado, suspiré mil veces por el cúmulo de emociones que en ese momento volaban en mi interior. Un minuto después de haberle dicho adiós, mi móvil empezó a sonar, lo cogí rápidamente, era un número que no conocía. Al contestar escuché la siguiente frase: “Soy yo, solo quería asegurarme de que este era tu número, además tendré que aprendérmelo de memoria porque estoy seguro de que voy a marcarlo muchas veces” Sonreí como una tonta con su respuesta, ya estaba enamorada, lo sentía, lo creía, lo sabía. Me había enamorado sin buscarlo ni esperarlo de un trabajador de IKEA al que apenas conocía, me había enamorado de Carlos.



Y hasta hoy, ocho años han pasado desde que estamos juntos. Vivimos en mi piso, ahora él tiene su propia empresa de mudanzas. Yo sigo escribiendo novelas románticas. El cuadro que compré el día que nos conocimos está colgado en la pared de nuestra habitación, lo vemos todos los días y nos trae muy buenos recuerdos. La cómoda que tanto esperé ocupó su lugar y está repleta de ropa, los tres primeros cajones contienen la mía y los tres últimos la de él. Al fin supe describir lo que era el amor a primera vista y lo hice como lo hago siempre, dándole mi toque personal de subjetivismo. Esta fue sin duda mi historia de amor real. Soy escritora, soy mujer, soy feliz y estoy enamorada. 

lunes, 7 de abril de 2014

Corre

Retrocede, date la vuelta, corre y no mires atrás.
Escúchame, no te pares, no dejes de mover tus pies, vete lejos.
No vuelvas, no lo intentes, es tarde, debes irte, abandonar, no pienses, solo corre.

Se despertó agitada, con sudor frío, había sido tan real que verdaderamente creía que tenía que correr. No entendía el motivo, solo sabía que tenía que hacerlo. Se puso el primer chándal que encontró en el armario, las deportivas y se recogió el pelo en una coleta, tirante, como su madre le había enseñado a hacérselas.
Cogió la llave de la puerta principal y se la puso en el colgante que llevaba, truco aprendido de su padre para que nunca la perdiese. Salió por la puerta, las luces estaban apagadas, ella sabía que no había nadie más en su casa, cerró la puerta de un portazo y miró al cielo. No se veían las estrellas, grandes nubes las tapaban. Suspiró y miró al frente, solo estaba la acera y la calle, una calle minimamente iluminada y desierta.
Pero no tuvo miedo y empezó a correr. Cada vez más rápido, sin un rumbo fijo. Los árboles se movían a un mismo son llevados por el aire y las farolas daban algo de luz a la negra noche. No se oía más que el susurrar del viento, el silencio era extraño y a la vez reconfortante. No dejó de correr, siguió moviendo sus pies, aumentando la velocidad según veía que podía hacerlo.

Un sonido fuerte y claro aplastó el silencio, era un sonido que ella conocía muy bien, demasiado bien. Paró en seco. La misma voz del sueño le repitió "no te pares, debes irte" pero ella no podía moverse. Su cuerpo no reaccionaba, estaba quieta, respirando entrecortadamente por el esfuerzo y con ese sonido tan familiar repitiéndose una y otra vez en su mente.

Una lágrima corrió por su mejilla, seguida por muchas más lágrimas que no podía controlar. Cayó de rodillas al suelo, con la cabeza entre las manos, con la intención de protegerse y lloró, sacó fuera todo el cúmulo de emociones que tenía. Estaba cansada, cansada de tener tanta responsabilidad, cansada de estar sola, cansada de no saber qué hacer, cansada de todo.

Una fuerte mano se posó en su hombro, un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, sabía a quién pertenecía esa mano y eso la hizo llorar más. Esa persona la cogió en brazos y ella cerró fuerte los ojos, no por miedo, no tenía miedo. Notó el movimiento y se refugió en el pecho del que la llevaba. Dejó de llorar. No debía haber parado.

Pasados unos minutos, ya no se movía. Dejó de estar abrazada a esa persona y notó como la depositaba en un lugar blando y cómodo. Un beso en la frente la hizo abrir los ojos, sus ojos marrones, casi negros, se encontraron con otros iguales y se vio reflejada en ellos. Se dio cuenta de que no estaba bien y de que no podía seguir así y de nuevo las lágrimas regresaron. La persona de sus mismos ojos se las quitó con suavidad y ternura.

"Ya estoy aquí pequeña, todo ha pasado, he vuelto y ya nada me va a separar de tu lado, te lo prometo" Dijo aquella voz, la que le pertenecía al que una vez la había dejado, había cogido sus maletas y había salido por la puerta. La voz de la persona a la que más quería y la única que le quedaba en la vida. Ella se quedó muda, mirándole, intentando decir con la mirada lo que no era capaz de expresar.
"Ellos ya no están, pero yo sí y no voy a dejarte de nuevo" habló de nuevo esa voz. Ella consiguió reaccionar al fin y le echó los brazos al cuello, abrazándolo fuerte.
"Te he echado de menos" consiguió decir ella despacio. "Y yo a ti hermanita, y yo a ti" contestó él enterrando la cara en el pelo de su hermana pequeña y apretándola contra él con ganas.

Ya no tenía que correr porque ya no estaba sola, ahora podía caminar, para poder contemplar lo que tenía a su alrededor y no perderse nada.

viernes, 4 de abril de 2014

Poesía: No sé.

No sé lo que quiero.

No sé si son caricias o miradas,
canciones o poesías,
abrazos o palabras,
sueños o realidades,
la noche o el día.

No sé lo que busco.

No sé si es un amor lleno de pasión o de dulzura,
de besos o de sonrisas,
de diálogo o de escucha,
de un nosotros o de un tu y yo,
un amor con remedio o que no tenga cura.

No sé lo que necesito.

No sé si son consejos o apoyo,
un hombro en el que llorar o un chiste bien contado,
roces o enojos,
una mano que agarrar o un fuerte brazo que no me suelte nunca,
vivir pausadamente o hacerlo a lo loco.

No sé si debo saber las verdades que duelen,
o mantenerme ignorante en la mentira.
No sé si esperar a un troglodita que me proteja en sus brazos,
o un caballero que me defienda con su espada.
No sé si creer que existe un final feliz
o pensar que no todo termina.
No sé si soñar con un mundo diferente,
o pisar fuerte en el suelo para mirarlo sin máscara.

No lo sé,
estoy confundida y perdida,
quizás despistada,
pero tengo una cosa muy clara,
de dónde vengo y a dónde quiero llegar,
y nada me hará dudar de mí misma.
Porque a pesar de todo,
soy yo quién maneja los finos hilos,
de la que llamo mi vida.



Por: Iris R. Rico

martes, 4 de marzo de 2014

Poesía: Falso valor.

Lo es.

Es complicado, saber que hace tiempo que no está a tu lado
entender que la vida se mide por momentos,
que los que pasasteis juntos no fueron los buenos
y que por más que no quieras pensarlo,
has caído y te has roto en mil pedazos.

Es difícil, pensar que pudo ser y no lo has logrado,
ver las estrellas sola, tumbada boca arriba en el verde,
repasar una y otra vez lo que fuisteis
y darte cuenta de que para él no tuvo ningún significado.

Es sencillo, creer que lo vuestro era común y no extraño,
resolver las dudas, enfrentar una realidad inexistente,
deshacerse en halagos y en falsas promesas
que con el tiempo no son más que un cruel deshecho del pasado.

Es fácil, atribuir un valor a algo que no viene detallado
volar a un mundo paralelo dónde la mentira es verdad,
dónde sueñas que eres feliz, que no sientes dolor,
pero terminas abriendo los ojos, ya no tienes alas, no te da el aire en la cara,
te chocas con tu presente y distingues lo bueno de lo malo.

Te encierras en ti misma, lloras por tu reciente descubrimiento,
pasas por mil etapas, entre ellas la del arrepentimiento,
escribes en una hoja arrugada todos tus sentimientos
descubres tu calidad en la poesía, en los relatos, en los cuentos
y al final lo aceptas, te sientes bien y no guardas rencor.
Porque reconoces que todo eso en lo que una vez creíste,
no puede llamarse amor.



Por: Iris R. Rico

viernes, 28 de febrero de 2014

Miedo a amar

Un mes, ya llevamos un mes hablando por el conocido WhatsApp. Al principio no pensé que pudiésemos llegar a nada pues nuestras conversaciones se basan en un hola al empezar el día y un buenas noches al acabarlo, pero el paso del tiempo me ha hecho darme cuenta de lo equivocada que estaba.
No sé si estoy cometiendo una locura, hablando con alguien a quién ni siquiera conozco realmente. Digo realmente porque nunca nos hemos visto, nunca he podido contemplar su sonrisa o percibir el color exacto de sus ojos. Solo sé como es por algunas fotos, pero en ellas no puedo saber si me gusta.
Eso él me lo repite mucho, que no puede saber si le gusto porque no me conoce. Estoy de acuerdo, pero en cambio yo sé que me gusta su personalidad y al menos como escribe. 
No estoy enamorada, no puedes enamorarte de unas cuantas palabras y un par de fotografías, al menos yo no puedo hacerlo. Aún así me entretiene, me gusta hablar con él y en algunos momentos incluso le echo de menos. Sí, es raro, echar de menos a alguien a quien no has visto en tu vida, pero es así, a mí me pasa.
Creo que a él le pasa lo mismo, nunca lo afirma, me parece que tiene miedo de descubrir lo que realmente siente por mí. Lo noto en cada mensaje, en cada comentario. Le gusto.

Nuestra relación es extraña, hablamos como si estuviésemos juntos, como si fuésemos pareja sin serlo. Él dice que no quiere ser el responsable de darme malas experiencias creo que por eso no quiere verme, teme que al verme se enamore del todo de mí y no pueda aguantar que yo esté con otro por sus miedos a la responsabilidad conmigo. Es absurdo, al menos para mí lo es, si me quiere. 

No sé cómo me siento al hablar con él, a veces me gustaría tenerle conmigo, a mi lado y darle un beso. Otras prefiero el método impersonal del móvil. Estoy confundida, no quiero engañarme pero tampoco quiero sufrir.

Hace un mes que hablamos, que él entró en mi vida y justo hoy necesito que salga. No puedo agarrarme a algo que no va a existir en la realidad.


Leo las palabras de la chica que un día fui. Aún recuerdo ese día como si hubiese pasado ayer. Justo después de escribir eso, había cogido el bolso, había salido a la calle y había llamado a uno de mis amigos que hacía tiempo que no veía y que sabía que yo le gustaba. Él a mi no me desagradaba, así que decidí ver qué podía pasar. En esa primera cita, en todo momento, en mi cabeza, aparecían las últimas palabras de ese chico virtual, "no sé lo que quiero ni lo que siento por tí, solo quiero que seas feliz". Me dejé llevar por el momento y decidí dejar de pensar en él y centrarme en el chico que tenía enfrente, que estaba esforzándose mucho por conseguir algo más que una amistad conmigo. Era gracioso, me hacía reír y me gustó cuando pude conocerle un poco más. A los dos días de aquella cita, le puse un mensaje al chico virtual, dos palabras que no tuvieron respuesta "Soy feliz".

Hoy, un año después, no sé muy bien por qué, el destino me ha jugado una mala pasada. Me lo he encontrado por la calle. Yo iba pendiente de mi música, entretenida, en mi mundo. He levantado la vista y ahí estaba, justo enfrente de mí, mirándome. Se ha acercado a mí y sin decir una sola palabra, me ha besado. Había imaginado tantas veces ese beso... Me he separado de él, le he mirado a los ojos y he sonreído, ambos éramos conscientes de que ya nada era como hacía un año, nada. Me ha preguntado cómo estaba, le he respondido la verdad, que estoy bien, feliz y enamorada. Ha agachado la cabeza y al volver a levantarla me ha dicho aquello que podía haber sido decisivo en su momento. Me ha confesado que estaba enamorado de mí, que lo supo cuando no volvimos a hablar, que me echaba de menos y que me quería. Yo he sonreído, lo he hecho porque siempre lo había sabido. Le he dado un dulce beso en la mejilla y le he dicho "gracias, me perdiste y alguien más me encontró, alguien que ahora hace mis días mejores y que me ha enseñado que el miedo a amar no sirve absolutamente para nada cuando realmente sientes amor" Y con eso seguí mi camino, porque él formaba parte de mi pasado, un pasado que me había hecho llegar al presente, al que ahora vivo y que no cambiaría por nada.