Sin palabras. No consigo decir nada, me he quedado tan asombrada con lo que he escuchado que, a pesar de mis ganas de hablar, no me sale la voz. Miro a mi alrededor y hay gente llorando, otros con la boca abierta, otros con los ojos excesivamente abiertos, pero nadie habla. Creo que todos los que estamos en la sala nos hemos quedado en estado de shock.
El hombre sigue en la tarima, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas moviendo los dedos deprisa. No levanta la vista, se centra en el parqué de madera sobre el que se encuentran sus pies. Sus zapatos comienzan a vibrar lentamente como consecuencia del inquieto movimiento que ahora se aprecia en casi todo su cuerpo. Está temblando.
Nadie se mueve de sus asientos, todos siguen con el mismo gesto de pena o de sorpresa. No se dan cuenta de cómo se encuentra el hombre que ha tenido el valor de ponerse frente a cien personas, entre ellos periodistas, a contar su historia.
Un escalofrío recorre mi cuerpo al notar que ese valiente, ese héroe a mi parecer, está a punto de tener un ataque de ansiedad. Y si lo llega a tener es mi culpa, culpa de todos los presentes, por nuestra desconsideración, por no brindarle nuestro apoyo a pesar de que seguramente todos queremos dárselo.
Me levanto tambaleándome, me coloco la falda y con paso firme me dirijo a la tarima. Noto las miradas de todas las personas en mi espalda, pero hago caso omiso. Subo con cuidado de no caerme los tres escalones y doy los pasos que me quedan hasta llegar a él, el protagonista de una de las historias más emotivas y reales que jamás he escuchado.
Suspiro al estar tan cerca de él, eso parece llamar su atención pues levanta levemente la mirada, logrando que mis ojos encuentren los suyos muy cerca. Me pierdo en esos ojos marrones y profundos que tantísimas cosas han tenido que ver.
Dejándome llevar por un impulso, sin hacer caso a mi razón, me pongo de puntillas y le abrazo suavemente. Su cuerpo se tensa al notar el contacto, y me empiezo a arrepentir de mi descaro. Hago el intento de separarme, pero entonces él reacciona y pasa sus manos por mi cintura, apretándome contra él. Yo suspiro de nuevo al sentir su dolor y me estremezco cuando noto que está sollozando en el hueco de mi cuello. Le abrazo aún más fuerte y acaricio con dulzura su pelo. No le había visto nunca, pero después de estas dos horas parece que siempre ha formado parte de mi vida.
Sin soltarme se seca rápidamente las lágrimas y se acerca a mi oído donde me susurra un gracias que me llega al corazón. Me muevo un poco para poder mirarle a los ojos y le cojo las manos. Él me mira interrogante, yo sonrío, me sonrojo y respondo un gracias a tí consiguiendo que un inicio de sonrisa aparezca en su cara.
Los presentes, en ese instante, estallan en aplausos. Al fin reaccionan. Me giro con intención de bajar y unirme a la gente, pero una fuerte mano me lo impide. -Por favor, quédate conmigo- me dice lo suficientemente bajo como para que solo yo pueda oírle. Asiento y en ese preciso momento me doy cuenta de que desde ahora ya nunca podría separarme de él.
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