martes, 19 de noviembre de 2013

Ser feliz

Esta soy yo, al menos físicamente hablando. Mi reflejo en el río solo capta mi parte exterior, mi cara, mi pelo... Paso la mano por el agua que me devuelve mi imagen haciendo que desaparezca. Levanto la mirada y observo la naturaleza a mi alrededor. El río está delimitado por un conjunto de rocas que al parecer descienden hasta el fondo del mismo. Los árboles son grandes y espesos, repletos de hojas verdes que no tienen intención de caer todavía. Hay un camino que se distingue entre la espesura del bosque, un camino que tiene un inicio y un fin, como la vida.

Suspiro y cierro los ojos. Me concentro en los sonidos que me envuelven. Puedo oír la corriente bajar rauda y veloz, el viento que sopla y hace música al chocar con las hojas de los árboles. También escucho a una ardilla alimentarse y el cantar de un pájaro escondido en la copa de un roble. Es estupendo poder estar ahí en ese momento. No necesito nada más que lo que tengo ahora, paz y la agradable naturaleza que consigue que me sienta libre y descansada.

Abro los ojos y me sorprendo al ver a una niña sentado en la otra orilla del río mirándome fijamente. No la he oído llegar. La sonrío y ella sigue mirándome sin inmutarse por mi gesto de simpatía. Sus ojos son exactamente iguales a los míos, no sé muy bien por qué lo doy por hecho, pero algo dentro de mí me lo dice. Busco en ella algo que me de a entender que la conozco, un gesto, una palabra, pero por más que la pregunto su nombre no contesta, sólo me mira.

Estoy intrigada al no obtener respuesta y a la vez preocupada, puede que esa niña esté perdida y alguien la esté buscando. Me levanto de la hierva y busco una manera de cruzar al otro lado. Encuentro un camino de rocas que están en el río y que parecen seguras para cruzar. Me dirijo a ellas y cruzo sin problema a la orilla dónde se encuentra la pequeña niña. Ella al verme cerca suyo se levanta rápidamente y se aleja un poco de mi lado, yo la digo que no voy a hacerla daño que solo quiero ayudarla a encontrar a alguien de su familia. Ella me mira extrañada y luego sonríe. Se acerca a mí y me ofrece la mano con algo de desconfianza. La sonrío intentando hacer que se sienta cómoda y la cojo de la mano. Al tocarla de la unión de nuestras manos se produce una luz cegadora que provoca que ambas cerremos los ojos. Al abrirlos y mirarnos, un sentimiento me recorre de arriba a abajo, un sentimiento de protección y de amor completamente indescriptible que nunca antes había tenido. Ella tiene una amplia sonrisa en su cara y se abraza a mí con fuerza, transmitiéndome todo el amor que ella está sintiendo por mí y lo noto. Una lágrima recorre mi mejilla y luego otra y así muchas más y respondo a su abrazo con fuerza, la elevo y la acuno en mis brazos. Se que nunca nadie podrá separarme de ella, porque forma parte de mí, porque no podría vivir sin ella y porque la quiero más que a mi vida.

Un sonido extraño, ajeno a ese paraíso dónde me encuentro me hace reaccionar. Abro los ojos y miro el reloj, son las seis de la mañana, todo ha sido un sueño. Me doy la vuelta con cuidado y miro al hombre que quiero que duerme a mi lado, me recuesto en su pecho y él me pasa una mano inconscientemente por la cintura. Acaricio mi abultado vientre con dulzura y susurro un te quiero que se que mi pequeña ha escuchado. Cierro de nuevo los ojos y vuelvo a dormirme con una sonrisa, sabiendo que soy feliz y que lo seré durante muchísimo tiempo porque mi vida estará repleta de amor.

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