Retrocede, date la vuelta, corre y no mires atrás.
Escúchame, no te pares, no dejes de mover tus pies, vete lejos.
No vuelvas, no lo intentes, es tarde, debes irte, abandonar, no pienses, solo corre.
Se despertó agitada, con sudor frío, había sido tan real que verdaderamente creía que tenía que correr. No entendía el motivo, solo sabía que tenía que hacerlo. Se puso el primer chándal que encontró en el armario, las deportivas y se recogió el pelo en una coleta, tirante, como su madre le había enseñado a hacérselas.
Cogió la llave de la puerta principal y se la puso en el colgante que llevaba, truco aprendido de su padre para que nunca la perdiese. Salió por la puerta, las luces estaban apagadas, ella sabía que no había nadie más en su casa, cerró la puerta de un portazo y miró al cielo. No se veían las estrellas, grandes nubes las tapaban. Suspiró y miró al frente, solo estaba la acera y la calle, una calle minimamente iluminada y desierta.
Pero no tuvo miedo y empezó a correr. Cada vez más rápido, sin un rumbo fijo. Los árboles se movían a un mismo son llevados por el aire y las farolas daban algo de luz a la negra noche. No se oía más que el susurrar del viento, el silencio era extraño y a la vez reconfortante. No dejó de correr, siguió moviendo sus pies, aumentando la velocidad según veía que podía hacerlo.
Un sonido fuerte y claro aplastó el silencio, era un sonido que ella conocía muy bien, demasiado bien. Paró en seco. La misma voz del sueño le repitió "no te pares, debes irte" pero ella no podía moverse. Su cuerpo no reaccionaba, estaba quieta, respirando entrecortadamente por el esfuerzo y con ese sonido tan familiar repitiéndose una y otra vez en su mente.
Una lágrima corrió por su mejilla, seguida por muchas más lágrimas que no podía controlar. Cayó de rodillas al suelo, con la cabeza entre las manos, con la intención de protegerse y lloró, sacó fuera todo el cúmulo de emociones que tenía. Estaba cansada, cansada de tener tanta responsabilidad, cansada de estar sola, cansada de no saber qué hacer, cansada de todo.
Una fuerte mano se posó en su hombro, un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, sabía a quién pertenecía esa mano y eso la hizo llorar más. Esa persona la cogió en brazos y ella cerró fuerte los ojos, no por miedo, no tenía miedo. Notó el movimiento y se refugió en el pecho del que la llevaba. Dejó de llorar. No debía haber parado.
Pasados unos minutos, ya no se movía. Dejó de estar abrazada a esa persona y notó como la depositaba en un lugar blando y cómodo. Un beso en la frente la hizo abrir los ojos, sus ojos marrones, casi negros, se encontraron con otros iguales y se vio reflejada en ellos. Se dio cuenta de que no estaba bien y de que no podía seguir así y de nuevo las lágrimas regresaron. La persona de sus mismos ojos se las quitó con suavidad y ternura.
"Ya estoy aquí pequeña, todo ha pasado, he vuelto y ya nada me va a separar de tu lado, te lo prometo" Dijo aquella voz, la que le pertenecía al que una vez la había dejado, había cogido sus maletas y había salido por la puerta. La voz de la persona a la que más quería y la única que le quedaba en la vida. Ella se quedó muda, mirándole, intentando decir con la mirada lo que no era capaz de expresar.
"Ellos ya no están, pero yo sí y no voy a dejarte de nuevo" habló de nuevo esa voz. Ella consiguió reaccionar al fin y le echó los brazos al cuello, abrazándolo fuerte.
"Te he echado de menos" consiguió decir ella despacio. "Y yo a ti hermanita, y yo a ti" contestó él enterrando la cara en el pelo de su hermana pequeña y apretándola contra él con ganas.
Ya no tenía que correr porque ya no estaba sola, ahora podía caminar, para poder contemplar lo que tenía a su alrededor y no perderse nada.
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