sábado, 27 de septiembre de 2014

La mía propia

Siempre he sido de las que escriben historias de amor. Historias en las que una mujer y un hombre predestinados se encuentran al fin, se enamoran y pese a las piedras del camino, permanecen juntos. Siempre me han gustado las novelas románticas, en las que todo es bonito y los finales son felices. Pero hasta hace muy poco no había tenido la suerte de vivir una experiencia como las que ocurren en los libros, hasta hace muy poco no me había enamorado. Por eso creo que aunque es muy típico viniendo de mí, tengo que contárosla, con todo lujo de detalles, como haría una verdadera escritora.
Casi todas las novelas que he escrito se desarrollan en parajes con vida propia, en lugares maravillosos, sin descubrir, donde cada rincón tiene algo que te hace soñar. Esta vez es diferente, es mucho más real. Mi historia empezó en un IKEA, para ser más exactos en el que más lejos está de mi casa. Es momento de comenzar.


Llevaba un mes entero esperando el pedido de esa cómoda de IKEA que tanto me gustaba, todos los días consultaba la disponibilidad en la tienda que estaba más cerca de mi casa y nada, al parecer o no llegaban más cómodas o se agotaban al instante que llegaban y a mí no me daba tiempo a ir a comprarla. Estaba frustrada, normalmente no había nada que se me resistiese y eso que tanto me gustaba me estaba siendo imposible de conseguir.

Hacía muy poco que me había mudado, apenas cuatro meses. La mudanza había sido dura pero también divertida, dura porque comprar muebles para toda la casa cuesta su dinero y aunque tenía bastante ahorrado de mi última novela publicada dolía deshacerse de él de una tirada. Y divertida porque siempre iba acompañada de alguien al IKEA, me encantaba esa tienda y todo lo que había en ella, desde un vaso hasta un armario de cuatro pertas correderas hecho a medida. Decoradora era mi profesión frustrada y ya que no me había dedicado a ello pues al menos utilizaba ese don del buen gusto en los muebles y los colores para ayudar a mis amigos a decorar sus casas. Cuando por fin llegó el momento de decorar mi propia casa, mi emoción fue aún mayor, hice mil listas de todo lo que tenía que mirar, dibujos sobre el plano de la casa para ver cómo quedaría, ¡incluso me descargué un programa en 3D para hacerme una idea más realista! Me volví loca, casi tanto como me vuelvo cuando empiezo a escribir.

Mi casa nueva era un sueño, un loft a las afueras de la ciudad, en la última planta del edificio. Un edificio con piscina, gimnasio y pista de pádel además de unos vecinos adorables que me trajeron un bizcocho como bienvenida. Inicialmente mi piso era un simple ático con una bonita terraza desde la que se veía la inmensidad de la ciudad, pero gracias a mis amigos, una pareja de arquitectos, se convirtió en todo lo que siempre había querido. El salón pasó de tener un pequeño mirador a un gran ventanal que ocupaba toda la pared, la cocina, antes tradicional, ahora era del tipo americano, abierta al salón, aunque tenía una increíble campana extractora que ni siquiera sonaba, que absorbía tanto el humo como los olores. Dos habitaciones y dos baños completaban la distribución de la casa, la habitación principal, mi habitación, también pasó por la modificación de la ventana y desde la cama podía ver la ciudad, una visa del todo impresionante. Otra de las cosas que me apasionaba de mi nueva e impotente casa era mi estudio, al que se accedía por unas escaleras de caracol desde el salón, allí pasaría los días sumergida en mi mundo romántico.

Recuerdo perfectamente el día en que me conecté a internet, me metí en la página de IKEA y me apareció que la cómoda que tanto tiempo llevaba buscando se encontraba en una tienda a la otra punta de la ciudad. Salté de alegría, por fin sería mía, por fin podría rellenar ese pequeño vacío de mi habitación y colocar la ropa que tenía aún guardada en las maletas. Pese a que no tenía ni idea de cómo llegar a ese IKEA donde se encontraba la muy esperada cómoda, me metí en los vaqueros, me puse la primera camiseta que encontré en la maleta, las zapatillas de deporte negras, me atusé un poco el pelo, cogí el bolso, las llaves de casa y del coche y me fui en su búsqueda.

El GPS de mi móvil nunca me había fallado y esa vez no iba a ser menos, llegué sana y salva a i destino. Aparqué mi coche a la primera y tuve mucha suerte de que hubiese un sitio muy cerca de la puerta, eso era una señal de que la cómoda iba a estar allí esperándome. Entré en el IKEA casi corriendo, subí las escaleras mecánicas de dos en dos y luego bajé las que llevaban a los productos individuales pues no tenía por qué pasar por la exposición. Pese a mi buena educación y mi calmada manera de ser, pasé entre la gente sin fijarme en si pisaba a alguien o daba sin querer algún codazo, centrada en mi objetivo, en mi cómoda. Me tropecé con una niña que hizo que me parara, la pedí disculpas tanto a ella como a su madre que me miró con cara de pocos amigos y cuando levanté la mirada me quedé quieta. Todo el nerviosismo por coger la cómoda se había esfumado o bueno quizás seguía allí pero se había suavizado un poco, porque delante de mí se encontraba la cosa más bonita que había visto en mucho tiempo. Un cuadro tan grande como para ocupar toda mi pared, con trazos finos y colores vivos evocaba un anochecer en el campo. Era un paisaje tan increíble como aquellos que describía en mis novelas, los tonos morados del cielo eran perfectos mezclados con el naranja del sol. Sin mirar siquiera el precio, anduve hacia él y lo cogí, no el que estaba expuesto, sino uno de los que podías llevarte a casa. Estaba emocionada por mi gran adquisición de última hora y ya sabía el lugar exacto donde iba a colocarlo. Después de ese pequeño lapsus, me dirigí al almacén donde se encontraban los muebles más pesados, cogí un carro y prácticamente corrí hacia el pasillo donde sabía que estaba mi cómoda.

Cuando al fin la tuve frente a mí, intenté cogerla pero ¡pesaba una tonelada! Iba a ser imposible que pudiese yo sola con ella. Un chico con el uniforme de IKEA pasaba por allí, parecía que estaba fuerte, probablemente porque se dedicaba a cargar muebles tan pesados como este, me acerqué a él y esperé a que terminara de colocar un pedido para hablarle. Cuando le pregunté si podía ayudarme  me miró, sentí de nuevo esa sensación de estar llena por dentro, sus ojos marrones eran tan expresivos que no podías apartar la vista de ellos. Sonrió y al hacerlo mi mundo se puso patas arriba, nunca había vivido algo así pero sí había oído hablar de ellos y también y gracias a toda la información que había obtenido, había podido escribir sobre ello. Amor a primera vista.


Me ayudó tal como le pedí, a cargar la cómoda en mi carro de la compra y además decidió acompañarme a pagar y así ayudarme también a meterlo en el coche. En el corto camino hasta la caja me preguntó por qué me había decidido por el cuadro y al contárselo empezó a reírse. Supuse que mi manera de describir tan detalladamente y con tanto subjetivismo le hizo gracia así que esbocé una dulce sonrisa. Tras haber pagado y tal como me había dicho, me acompañó a mi coche y puso en él mi cómoda. Se veía bonita hasta en la parte trasera de mi ya gastado coche. Le agradecí por su ayuda todas las veces que pude y cuando supe que había llegado el momento de despedirnos agarré mi bolso y saqué de él un bolígrafo negro, ese que utilizaba para anotar cosas curiosas, sin pensarlo mucho cogí su mano y le apunté en ella mi número de teléfono. Él me miró algo asombrado, aunque el asombro al instante fue reemplazado por una gran sonrisa. Al terminar de escribirlo, me presenté y él también se presentó, fui a darle dos besos pero en vez de eso él me cogió la cara y me besó dulcemente en los labios. Cuando nos separamos noté como empezaba a ruborizarme, al notarlo él sonrió aún más si eso era posible. Nos despedimos al fin y entré en el coche con el corazón desbocado, suspiré mil veces por el cúmulo de emociones que en ese momento volaban en mi interior. Un minuto después de haberle dicho adiós, mi móvil empezó a sonar, lo cogí rápidamente, era un número que no conocía. Al contestar escuché la siguiente frase: “Soy yo, solo quería asegurarme de que este era tu número, además tendré que aprendérmelo de memoria porque estoy seguro de que voy a marcarlo muchas veces” Sonreí como una tonta con su respuesta, ya estaba enamorada, lo sentía, lo creía, lo sabía. Me había enamorado sin buscarlo ni esperarlo de un trabajador de IKEA al que apenas conocía, me había enamorado de Carlos.



Y hasta hoy, ocho años han pasado desde que estamos juntos. Vivimos en mi piso, ahora él tiene su propia empresa de mudanzas. Yo sigo escribiendo novelas románticas. El cuadro que compré el día que nos conocimos está colgado en la pared de nuestra habitación, lo vemos todos los días y nos trae muy buenos recuerdos. La cómoda que tanto esperé ocupó su lugar y está repleta de ropa, los tres primeros cajones contienen la mía y los tres últimos la de él. Al fin supe describir lo que era el amor a primera vista y lo hice como lo hago siempre, dándole mi toque personal de subjetivismo. Esta fue sin duda mi historia de amor real. Soy escritora, soy mujer, soy feliz y estoy enamorada. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario