Una chica del grupo con el que había llegado, se me acercó y me preguntó qué me ocurría, debía ser que pese a la oscuridad del pub donde nos encontrábamos, en mi cara estaba reflejado el dolor tan agudo que sentía por dentro. En ese momento y casi por instinto, mi cuerpo reaccionó como un piloto automático, un nada y una sonrisa falsa aparecieron en mi cara, era mi defensa, para que nadie me viese sufrir, para no delatarme.
Miré al frente y lo vi de nuevo, el fruto de mis pesadillas estaba ahí, a pocos metros de dónde me encontraba, bebiendo como un poseído rodeado de sus amigos. Quería salir rápido de ese lugar, pero sin que notase lo más mínimo mi presencia. Necesitaba a mi amigo, a mi amor, que se encontraba en ese mismo instante enseñando a bailar a su futura novia, no podía contar con él y no quería interrumpirle ni tampoco verle haciendo con ella lo que me hubiese gustado que hiciese conmigo.
Solo tenía dos opciones, buscar una puerta trasera y desaparecer o andar hacia la puerta principal, que estaba enfrente mío, arriesgándome a pasar por delante de ambos sin mirarles, con la esperanza de que ninguno de los dos se fijase en mí.
Me decidí por la primera opción, me levanté firme, y me dirigí a un camarero para preguntarle por la puerta de atrás, al escuchar su respuesta mi cara se transformó de nuevo y probablemente le asustó, porque en seguida me preguntó por mi estado de salud y poco le faltó para preguntarme también por mi estado mental. No había alternativa, no existía la opción a, la única manera de salir del establecimiento era pasar por delante de esos dos hombres, que tanto habían marcado mi vida. Delante del que me la destrozó y del que la mejoró sin darse cuenta y consiguió que creyese un poco más en eso que llaman amor, aunque no correspondido.
Me armé de valor, respiré hondo para relajarme varias veces y dí el primer paso en su dirección, el piloto automático de mi cuerpo se activó y comencé a andar normal, sin prisas, como una persona cualquiera, mientras mi mente no paraba de decirme que no les mirase, a ninguno de los dos.
Cuando pasé cerca suyo, apreté fuerte el puño y presioné el anillo que llevaba en el dedo anular en un intento de buscar algo de fuerza en caso de necesitarla. Había sobrepasado su posición unos cuantos pasos y ya veía cerca la puerta, mi salida. Estaba cruzándola cuando oí mi nombre. No quise saber quién me llamaba, lo último que quería mi cuerpo era pararse, solo quería huir lo más lejos posible. Me quité los zapatos de tacón, me apreté fuerte la chaqueta y eché a correr sin mirar atrás.
Creía que había ganado, que estaba segura, pero de nuevo gritaron mi nombre, cada vez se escuchaba más cerca. Yo corrí, tanto que me dolían los pies, pero esa voz seguía persiguiéndome, gritando que parara, casi suplicando que me detuviese. Fue en ese momento cuando mi mente reaccionó y me paré. Estaba cansada, cansada de huir, de llorar a solas, de sufrir, de esconderme, cansada de no ser feliz. Me paré para enfrentarlo, para enseñarme a mí misma que podía ser fuerte, que podía con todo.
Noté como su mano agarraba mi brazo, su voz estaba agitada por la carrera, no paraba de decir mi nombre, cada vez más bajito hasta que terminó en un susurro. Me giré para mirarle a la cara, no estoy segura de si fue la decisión correcta, pero eso hice, y cuando vi sus ojos me derrumbé. Supe que estaba preocupado por mí, supe que le importaba, es ahí, cuando vi sus preciosos ojos avellana, cuando supe que me quería.
Le abracé con fuerza y me desahogué en sus brazos, ya estaba segura. Todos los miedos se esfumaron. Me cogió de la mano y comenzamos a andar, sin un destino fijo, él había llegado a mi vida para mejorarla cuando todo era negro y se mantendría en ella para hacerme feliz.
Nunca más tuve que poner el piloto automático, porque quería vivir al cien por cien todos los momentos junto a él, junto a mi amigo, junto a mi amor.
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